El día
de su fiesta, el 12 de diciembre de 1999, a la vuelta del
tercer milenio, una imagen permanente de
Nuestra Señora
de Guadalupe fue consagrada en la Catedral del Sagrado Corazón
durante una Misa bilingüe inglés-español
concelebrada por Monseñor Charles Kelly (Vicario General
y Rector de la Catedral desde 1995 hasta 2001), Monseñor Thomas Shreve, Vicario
General, Monseñor Miguel Schmied, Vicario para el Apostolado Hispano (del 1996 hasta el 2006), y otros sacerdotes de la diócesis.
La imagen es una
réplica de tamaño natural de la original en el altar mayor de la
Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en la ciudad de México.
Fue adquirida por Monseñor Schmied y Elisa Montalvo (Primera
Directora de la Oficina para el Apostolado Hispano desde 1996
hasta el 2006) en la Basílica, donde
fue bendecida por su Rector el 4 de julio de
1999.
La Virgen de
Guadalupe, Patrona de América, ha sido nombrada por el Papa Juan
Pablo II la “Emperatriz de las Américas”, la “Estrella de la
Nueva Evangelización” y
la "nueva en
ardor, métodos y expresión".
En su exhortación
ECCLESIA IN AMERICA, el santo padre utilizó la palabra
“América” en singular para unir Norte, Centro, Suramérica y el
Caribe en una entidad: el Nuevo Mundo, que nació católico hace
500 años.
El catolicismo vino a América en 1492. El encuentro entre los conquistadores y los indígenas fue muy doloroso, marcado por guerra y enfermedades. Hacia 1531 muchos nativos creían que había llegado su fin y solamente unos pocos habían adoptado la nueva religión extranjera. No fue sino hasta la aparición de la Virgen de Guadalupe a San Juan Diego que el mensaje de un Dios amoroso fue revelado y alrededor de ocho millones de personas se convirtieron al cristianismo.
Nuestra Señora
de Guadalupe se le apareció al indígena santo en medio de la
temporada de adviento en 1531, llevando puesta la faja que
usaban las mujeres aztecas encintas. Sus facciones eran las de
una mujer mestiza, la nueva raza creada por la mezcla del Viejo
y el Nuevo Mundo. Le habló en náhuatl, su lengua nativa, y le
dijo que fuera donde su obispo y le pidiera que construyera un
templo en la colina del Tepeyac, donde apareció.
San Juan Diego
fue donde su obispo, Juan de Zumárraga, quien no le creyó su
historia.
Sintiéndose indigno y derrotado, Juan Diego trató de evitar a la
Virgen, pero ella continuó apareciéndosele y animándolo a
completar su misión, aunque él le suplicó que escogiera a
alguien más importante, de más prestigio. Finalmente, el 12 de
diciembre, le proporcionó rosas de Castilla, que estaban fuera
de estación, como prueba de sus apariciones. San Juan Diego
llevó las rosas en su tilma. Cuando las rosas cayeron a los pies
del obispo, apareció, impresa en la tilma, la imagen de Nuestra
Señora de Guadalupe que hoy está puesta en la Basílica en la
colina del Tepeyac en la ciudad de México, el templo que al fin
se construyó a consecuencia del milagro.
Nuestra Señora
de Guadalupe está ahora en nuestra
Catedral del Sagrado
Corazón. Así como le devolvió su dignidad humana a San Juan
Diego y su
pueblo y pidió que se construyera un templo donde todos fueran
bienvenidos, ella nos anima a que construyamos en nuestros
corazones templos de amor para todos, especialmente los pobres,
los enfermos, los marginados y los oprimidos. Como San Juan
Diego, escuchémosla y llevemos su mensaje para evangelizar el
mundo, para convertir una cultura de muerte en una cultura de
vida. Ella siempre nos acompañará con las palabras que dijo a
San Juan Diego: "No dejes que tu rostro y tu corazón se
acongojen. ¿Acaso no estoy yo aquí que soy tu madre? ¿Acaso no
estás bajo mi sombra y mi protección?"
